Hace mucho que Juan Carlos Rodríguez Ibarra ejerce de azote de la derecha caciquil que con tanto éxito sobrevive en España al paso de los tiempos. Algunas veces, cuando se le calienta un poco la boca, da la sensación de que pasa los pueblos de cinco en cinco, pero eso ya está demostrado que no va más allá de ser un efecto acústico y si acaso, mediático.
Rodríguez Ibarra es uno de los políticos más listos, hábiles y bien intencionados con que la democracia se reestreó en España. Aunque no lo parezca, siempre sabe lo que dice, siempre tiene calculado cómo y dónde lo dice, y nunca dice lo que sus seguidores no quieren oír. Es un li Popular, sin comillas ni cursiva, como hoy en día hay pocos por Europa.
Si España se ha quedado en este final de siglo en el último bastión de la derecha, Extremadura es una de las regiones que más se resiste a admitirlo. Y hay quien se lo atribuye a su presidente, a quien sus adversarios -¿o debo escribir enemigos- apodaron bellotari con tan mala intención como falta de eco, que sigue gobernando allí con las mismas teorías y la misma eficacia con que ya lo hacía antes de la globalización económica.
Lo que no está claro es quién arrastra a quién, unos, sí, opinan que es Ibarra el que mantiene vivo en su comunidad autónoma un espíritu progresista bastante insólito últimamente, pero otros creen que es el pueblo extremeño, con sus duras experiencias sobre la espalda y su sabiduría histórica acumulada, el que mantiene a su principal líder político igual que una moto con el acelerador apretado las 24 horas. Sea como sea, lo cierto es que Extremadura, que era la comunidad más pobre y desconocida de España, ha experimentado un despegue espectacular. Sus pueblecitos son, sin lugar a dudas, los que más han mejorado en aspecto y servicios y su imagen, antes descolorida y lejana, se ha vuelto alegre y sugerente. Lejos de estar ya en aquella sórdida frontera de corcho y pobreza, compartida con el Portugal alentejano, hoy figura por derecho en las rutas turísticas que no se pueden dejar de hacer.
Ibarra es, además de un buen político, cosa que cada día se discute menos, un buen jefe que sabe rodearse de gestores eficaces, a los que controla, empuja y estimula con el resultado que a la vista salta. Aunque da la sensación a menudo de que es autoritario y dogmático, la realidad es justamente la contraria: defiende con ahínco lo que cree y pelea por hacer comprender lo que piensa, pero luego reacciona en demócrata, plegándose como nadie a lo que determina la mayoría.
En el propio Partido Socialista aparece de vez en cuando con argumentos discrepantes y, sin embargo, nadie duda de que se trata del militante más leal y disciplinado que tiene el partido. Su concepción de la política empieza en la libertad, cuyo valor aprecia como todos los que sufrieron en sus carnes la ley del esparadapro en la boca, los calabozos de la Brigada Social y los métodos felizmente olvidados ya del estacazo y tente tieso. Y la libertad si en algo ha de notarse es en la voz.
A Rodríguez Ibarra no le gustan los siseos ni las frases sobreentendidas, ni mucho menos las parábolas al estilo bíblico, tan pasadas de moda. Lo suyo es la voz en alto, sin gritar, pero llamándole pan al pan y vino al vino, aunque eso moleste, que normalmente molesta. Sus frases suelen dar titulares a la prensa y ofrecen pie para el debate, pero nunca llegan a ser admitidas a trámite, ¡qué va! Claro que para diplomático, al estilo versallesco que todavía algunos añoran, no sería el mejor dotado.
No le veo yo, no, condescendiendo con Netanyahu, el primer ministro más impresentable que ha tenido Israel, ni diciéndole a Fidel Castro que mueva ficha cuando lo que hay que decirle es que empieze en serio a democratizar Cuba, y punto. Lo suyo está con el pueblo, al que más que simpatía inspira confianza y autosatisfacción. Los extremeños, entre los que, claro está, no hay unanimidades, ni falta que les hacen, los extremeños, digo, son sin embargo, los españoles que quizás se sienten mejor representados con arreglo a lo que piensan, a lo que les enogullece, a lo que les repatea y a lo que quieren.
Todo eso Ibarra lo sabe, lo siente y lo desea también para él. Él es uno de ellos y nunca se ha creído otra cosa. Y que no se lo cree, además, se le nota.